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Josep Renau


Josep Renau Berenguer

Valencia,  1907 – Berlín, 11/10/1982

Fotomontador, cartelista, ilustrador y muralista. Hijo del pintor José Renau Montoro, que ejercía de profesor en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia, y completaba su sueldo con la restauración de cuadros antiguos y la realización de carteles de toros y ferias, la ejecución de figuras de procesiones religiosas populares, y otros cometidos relacionados con la plástica popular, tan común en Valencia. 

Renau tuvo una facilidad innata para el dibujo y, en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos y en la Litografía Ortega, donde trabajó desde la adolescencia, aprendió a pintar con maestría. Eso le permitió crear una serie de acuarelas en las que empleaba con inteligencia el estilo art déco. Éstas, al exponerse en Madrid en diciembre de 1928, causaron una impresión excelente entre las personalidades del arte y la política. En semanas, Renau Beger (afrancesó su segundo apellido para hacerlo más atractivo) se convirtió en un famoso joven cuya presencia se disputaban los principales eventos de la capital. 

Hasta aquel entonces, no tenía ningún tipo de compromiso político y vivía como un miembro más de aquella élite pero, al no sentirse cómodo en aquel ambiente, da un giro en su personalidad y, tras numerosas lecturas de corte marxista, decide dedicar su labor profesional a los trabajadores, influido por la lectura del socialdemócrata ruso Plejanov. 

No obstante, siguió presentándose a premios de carteles (y ganándolos), siguió dibujando ilustraciones para revistas de moda entre el público burgués, realizó carteles de cine para la distribuidora y productora valenciana Cifes, etc. Todo esto le permitió vivir con holgura, tanta como para comprarse un coche, y subvencionar la revista de izquierdas “Nueva Cultura”, que tendrá su influencia entre los intelectuales de la época. 

En 1931 se afilia al Partido Comunista y cofunda en 1932 la Unión de Escritores y Artistas Proletarios y la revista “Nueva Cultura”, la cual tiene vida entre 1935 y 1937. 

En el año 1933, participa en la I Exposición de Arte Revolucionario en Madrid y realiza un trabajo mural en el Sindicato de Estibadores de la FAI en el Puerto de Valencia, mural que fue destruido tras la guerra civil.

En 1934, realiza la serie de fotomontajes de “Los diez mandamientos” en los que la imagen es el símbolo fundamental de la narración y en los que utiliza el color para intensificar el impacto visual, su obra es la crítica a los valores burgueses, a la ideología conservadora española y al avance internacional del fascismo. En este año es detenido, junto a sus compañeros de PC, en la huelga por los sucesos de Asturias.

El 31 de julio de 1936 asume la dirección, junto a Max Aub, del periódico “La verdad”, diario de unificación del PSOE y el PCE.

El 6 de septiembre es nombrado director de Bellas Artes del Ministerio de Instrucción Pública y, desde su puesto, propone a Pablo Picasso  como director del Museo del Prado (que acepta el cargo pero que nunca dejará Francia para ocuparlo), coordina la defensa del Tesoro Artístico, crea el Consejo Nacional del Teatro, promueve las Milicias de la Cultura, la Alianza de Intelectuales en defensa de la cultura y lo combina con su trabajo como cartelista grafico creando algunos de los carteles de propaganda republicana más famosos del conflicto. 

En 1937 coordina junto a Max Aub y José Gaos la organización del Pabellón Español de la Exposición Universal de París, que destacará por el diseño artístico y la gran calidad y variedad de las obras que se exponen, entre ellas el “Guernika” de Picasso, encargo del propio Renau en nombre del Gobierno Republicano. 

En abril de 1938 con el cambio de gobierno cesa como Director general de Bellas Artes y pasa a hacerse cargo de la propaganda gráfica del Estado Mayor Central y realiza la serie de fotomontajes “Los trece puntos de Negrín ” dentro de la estética vanguardista, y que serán expuestos en la Feria Internacional de Nueva York de 1939. 

Poco antes de la caida de Barcelona abandona el pais por Le Perthus y se dirige al campo de refugiados de Argelés-sur-Mer a pesar de, por haber sido un alto cargo,  tener documentación que le permite establecerse legalmente en el país galo. 

Como muchos otros intelectuales y artistas eligió Méjico como lugar de exilio, lo que para un comunista ortodoxo y entusiasta de la URSS parece una decisión extraña. Pero había adquirido un compromiso con Alfaro Siqueiros de trabajar con él para aprender a hace murales, un estilo pictórico que le parecía el más apropiado para la educación y el servicio a la clase obrera, y que en Méjico llevaba varias décadas practicándose con eficacia. Además, el realismo socialista imperante en la URSS le atraía poco.           

Siqueiros mantuvo su palabra y se pusieron manos a la obra en un mural para el Sindicato Mexicano de Electricistas, El Retrato de la Burguesía. Los artistas eran un equipo de mejicanos y españoles. Los españoles lo dejaron pronto, porque trabajar con Siqueiros, cuyo carácter era endemoniado, debía ser algo heroico. Luego el trabajo se interrumpió, porque Siqueiros tuvo la ocurrencia de asaltar (sin éxito) la residencia de Trotski, y acabó en prisión. Manuela Ballester, esposa de Renau y él mismo, tuvieron que terminar el mural.           

Mientras tanto, Renau se ganaba la vida como publicitario, con el mismo éxito que en Valencia. Pronto empezó también a hacer carteles de cine. Al mismo tiempo realizaba carteles y dibujos políticos.           

Además, surgió en él la idea de hacer una serie de fotomontajes en color que constituirían una crítica al sistema de vida norteamericano, que consideraba la raíz del imperialismo americano, el enemigo principal de la URSS y del sistema socialista.  Llamó a la serie American Way of Life, y constituye la parte más fina de su obra portátil (la inmobiliaria es la mural). 

Precisamente, gracias a la relación que estableció con un rico industrial español residente en México, pasó unos años en Cuernavaca, donde realizó unos magníficos murales en el llamado Casino de la Selva, un hotel en el que vivió y escribió Malcolm Lowry, autor de Bajo el volcán. El tema es El Nacimiento de la Hispanidad, y provocó las iras de ciertos intelectuales mexicanos por el porte heroico de los conquistadores españoles. En Cuernavaca vivían algunos artistas y actores y actrices españoles, como Sara Montiel, en cuya casa llegó a refugiarse la familia Renau cuando tuvo que abandonar precipitadamente su bungalow del Casino de la Selva, a causa de una huelga declarada expresamente para echarle. 

La familia fue para Renau una fuente de problemas. Aunque lo más apropiado es decir lo contrario, que Renau fue una fuente de problemas para sus hijos y su mujer. 

Manuela Ballester poseía la misma formación artística que su marido, titulada también en la Escuela de San Carlos. Es sabido que despuntó como retratista, aunque nunca pudo dedicarse a pleno rendimiento a su vocación, porque fue madre de cinco hijos. La relación sentimental entre Renau y Manuela estuvo siempre afectada por unos celos profesionales que en ocasiones se manifestaron abiertamente. Para acabar de arreglar esta difícil situación, los hermanos de Renau estaban convencidos de que su matrimonio con Manuela perjudicaba su carrera. 

No puede decirse que Renau desatendiera a sus hijos. El poco tiempo que dedicaba a la familia lo hacía para formar en unos términos casi militares a los varones, y a exigir de ellos una actitud espartana ante la vida que respondiera a la que él se había visto obligado a adoptar, forzado por las circunstancias. Los muchachos, que crecieron en una relativa abundancia y rodeados de los intelectuales más conspicuos del exilio español, aprendieron de ellos las rémoras que causan las frustraciones, y de un modo o de otro, se negaron a realizar las expectativas que su padre puso en ellos. Las dos hijas de Renau también sufrieron la intransigencia de su carácter. 

Al regresar Renau a Europa en 1958 e instalarse en Berlín Oriental, sus hijos Ruy y Totli, se sintieron liberados de la presión diaria de un padre exigente hasta la neurosis. Su hija Julieta se había casado e intentó iniciar una vida nueva en París con su marido. Algo debió fracasar en este intento y terminó suicidándose. Los más jóvenes, Teresa y Pablo, al borde de la adolescencia, acompañaron a sus padres a Berlín. La hija no tardó en reñir violentamente con el padre, que la echó de casa. A Pablo todas estas experiencias le fueron marcando, y afectaron negativamente su forma de enfrentarse a la vida 

En cuanto a Manuela, se separó de su marido, aprovechando que el Estado socialista le proporcionaba una pensión por haber sido víctima del fascismo y le daba un trabajo de editora en una firma de traducciones. 

Renau superó su soledad a base de un trabajo incesante, que mantenía gracias a su afición a fumar en cadena, a ingerir litros de café y a animarse con el mejor licor comprado en las tiendas en las que se pagaba con divisas. 

El motivo del viaje de Renau a la RDA fue, en principio, la edición de un libro con los fotomontajes antiimperialistas del AWL. Al llegar se encontró con que quien le había prometido contratarle había cambiado de trabajo, y ahora estaba en la televisión estatal. Obligado por las circunstancias y por su promesa, Walter Heynowski le dio un empleo de caricaturista en la televisión, cosa que hizo muy poca gracia al muralista y fotomontador. Enseguida se puso a trabajar en documentales políticos. Heynowski se convirtió después en una figura del documentalismo cinematográfico, y sin duda el contacto con Renau contribuyó a su formación. 

Después de diez años de esfuerzos y enfrentamientos con la burocracia (Renau le llamaba burrocracia) de la RDA consiguió publicar un libro de lujo con sus fotomontajes, lo que le dejó insatisfecho, porque su propósito era dirigirse a las conciencias alienadas de los trabajadores, no a la de los ricos de izquierdas. 

Otra de las frustraciones de Renau fue su relación con los pintores y artistas alemanes. Con muy pocos llegó a establecer relaciones y amistad, sólo con figuras de segundo orden. Los artistas más “cotizados” por el régimen reaccionaron con una mezcla de celos y de disgusto por el estilo mexicano y vanguardista que importaba Renau, cuando ellos estaban formados en el estilo soviético y “real-socialista”.  

Renau tuvo grandes dificultades para realizar murales, porque los proyectos que presentaba eran calificados de “formalistas” por las autoridades gremiales. Combinaba las virtudes de la vanguardia con la figuración de un modo que a los alemanes les parecía absurdo. La ciudad de Halle y la de Erfurt todavía conservan el trabajo del muralista español. 

En 1976, tras la Bienal de Venecia, Renau pudo regresar a España. La ilusión y la satisfacción de la vuelta fueron precedidas por los temores de ser considerado una vieja gloria en desuso. Para demostrar que era un artista en activo expuso en todas partes un proyecto de trabajo con equipos de artistas interdisciplinares, que consideraba la mejor salida para la crisis del arte que en aquellos tiempos parecía definitiva. 

Pero también las decepciones se cruzaron en sus expectativas: el Partido Comunista del País Valencià, y los vanguardistas individualistas que no querían saber nada de su proyecto de equipos interdisciplinares, y que subrayaban el dogmatismo marxista de Renau. 

Este estigma de dogmatismo se basaba en varios ensayos de gran calado que Renau había escrito a lo largo de su vida, tanto en México como en la RDA, en los que criticaba el mercado del arte, el abstracto y la vanguardia desaforada de posguerra, y sostenía que todo arte debía tener un sentido, y el sentido del arte del siglo XX sólo podía ser el servicio a la sociedad trabajadora. Renau no defendió el realismo socialista, al revés, lo criticó, pero lo consideró el precio que había que pagar en la búsqueda de un arte nuevo. 

El consuelo lo encontró en los ambientes procatalanistas de Valencia. Joan Fuster, su amigo Doro Balaguer y algunos otros le propusieron una “Fundación Renau”, que él no veía clara, y que se haría cargo de su legado. 

Ciertas autoridades socialistas valencianas, que entonces empezaban a adquirir parcelas de gobierno, le hicieron ofrecimientos tras las primeras grandes exposiciones en Barcelona,  Madrid, y Mallorca. Renau no se decidió a comprometerse del todo con las ofertas más concretas que recibió.  

Su última esperanza fue que su alumna predilecta y colaboradora durante nueve años, Marta Hofmann, de origen argentino, le acompañara y se hiciera cargo de la supervisión de la Fundación y de sus actividades. Pero ella no quiso trasladarse a un país capitalista, porque se consideraba incapaz de resistir las contradicciones de un mundo que le resultaba ajeno y despreciable. 

Los viajes y las estancias de Renau en Valencia desgastaron mucho su precaria salud. No paraba de dar conferencias, y a la vez se ocupaba de finalizar el mural que le habían encargado en la ciudad de Erfurt. Regresó a Berlín en abril de 1982, para operarse del corazón, y los médicos descubrieron que padecía un mal mayor. Falleció en octubre de un cáncer. Está enterrado en el cementerio para notables de la República Democrática Alemana de Friedrichfelde, en el distrito berlinés de Lichtenberg. 

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