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Rosario "Dinamitera" Sánchez

 

Rosario "Dinamitera" Sánchez Mora 

Villarejo de Salvanés, Madrid, 21/04/1919

Hija de Andrés Sánchez, presidente de Izquierda Republicana (IR) en Villarejo, propietario de un pequeño taller en el que se fabricaban carros y aperos de labranza, su made había muerto años antes de iniciarse la Guerra Civil. A los 16 años marcha a Madrid a casa de unos amigos, para aprender un oficio y se hace militante del Partido Comunista.

Al producirse la sublevación, Rosario trabaja de aprendiz en el taller de costura de las uno de los Círculos Culturales de las Juventudes Socialistas Unificadas y, con diecisiete años se enrola en las milicias obreras del Quinto Regimiento, liderado por Valentín González, "El Campesino", en aquel entonces, un joven de veintiséis años. Se había alistado el día 18, tras la derrota de los sublevados del Cuartel de la Montaña, y sin decir nada a su familia, en el centro cultural Aída Lafuente, que la Juventud Socialista Unificada (JSU) tenía en el número 10 de la calle de San Bernardino.

Con su unidad parte el 19 de julio de 1936 hacia Somosierra para detener a las tropas del general Mola que, desde el norte, tratan de tomar los embalses de Lozoya en su camino hacia la capital. Al llegar al frente, es encuadrada en primera línea de fuego junto con otras milicianas y milicianos que, como ella, carecen de toda instrucción militar. En La Peña del Alemán verá morir a muchos de sus compañeros antes de que, tras dos semanas de lucha, la batalla se estanque y se convierta en una guerra de posiciones.

Rosario es destinada a la sección de dinamiteros, bajo el mando del capitán Emilio González González, un minero barrenista de Sama de Langreo, Asturias, especialista en el manejo de explosivos. La base del grupo se sitúa en una casa entre Buitrago y Gascones, a unos kilómetros del frente. Allí almacenan explosivos y fabrican bombas de mano artesanales con latas de leche condensada rellenos de clavos y otras metrallas y dinamita. La colocación del fulminante y la mecha, lo más peligroso, corría a cargo del capitán González.

La mañana del 15 de septiembre de 1936 realizaban unas prácticas de lanzamiento con cartuchos de dinamita, más seguros que los botes, pero la noche anterior había llovido y la mecha estaba mojada, motivo por el que, al arder ésta por dentro y no por fuera, Rosario no notó el calor en la yema de su dedo, momento que indicaba el lanzamiento.

El cartucho le explotó en la mano derecha y se la arrancó de cuajo por encima de la muñeca. Trasladada de urgencia al hospital de sangre de la Cruz Roja en La Cabrera, lograron salvarle la vida.

El filósofo José Ortega y Gasset fue al hospital dónde Rosario convalecía desde hacía unos días, con la intención de conocer a la heroína. Él mismo, en su camino hacia Valencia, sería quien comunicase la noticia al padre de Rosario que esa misma noche se desplazó al hospital.

Posteriormente sería trasladada al hospital de la Cruz Roja de la calle de la Reina Victoria, y de allí a otro instalado en la Facultad de Filosofía y Letras de la Ciudad Universitaria. El 4 de noviembre la caída de Madrid parecía inminente y fue trasladada, junto con el resto internos, a otros hospitales más alejados del frente. A ella, aún débil, la ingresarán en el de San José y Santa Adela, en la calle de Eloy Gonzalo, que abandonó poco después con la intención de volver al frente.

Por aquel entonces la unidad El Campesino se había convertido en la 10ª Brigada Mixta, con más de tres mil hombres, y cuartel general en el convento de las clarisas de Alcalá de Henares, donde será destinada al Comité de Agitación y Propaganda. Allí conocerá al poeta Antonio Machado, que frecuentaba el lugar.

Al poco, El Campesino traslada su Estado Mayor a un chalet sito en el número 11 de la calle de O'Donnell de Madrid. Allí Rosario se encargará de la centralita telefónica y volverá a recibir las visitas de Antonio Machado, para entonces ya amigo suyo. En una de estás visitas vendrá acompañado de un amigo, el poeta Miguel Hernández, que había escrito un poema sobre la joven y que se lo dio a leer en aquel primer encuentro:

Rosario, dinamitera,
sobre tu mano bonita
celaba la dinamita
sus atributos de fiera.
Nadie al mirarla creyera
que había en su corazón
una desesperación,
de cristales, de metralla
ansiosa de una batalla,
sedienta de una explosión.


Era tu mano derecha,
capaz de fundir leones,
la flor de las municiones
y el anhelo de la mecha.
Rosario, buena cosecha,
alta como un campanario
sembrabas al adversario
de dinamita furiosa
y era tu mano una rosa
enfurecida, Rosario.


Buitrago ha sido testigo
de la condición de rayo
de las hazañas que callo
y de la mano que digo.
¡Bien conoció el enemigo
la mano de esta doncella,
que hoy no es mano porque de ella,
que ni un solo dedo agita,
se prendó la dinamita
y la convirtió en estrella!


Rosario, dinamitera,
puedes ser varón y eres
la nata de las mujeres,
la espuma de la trinchera.
Digna como una bandera
de triunfos y resplandores,
dinamiteros pastores,
vedla agitando su aliento
y dad las bombas al viento
del alma de los traidores.

Con el tiempo los tres se hicieron buenos amigos, uniéndose más tarde al grupo Vicente Aleixandre, amigo de los anteriores.

Los días trascurrían con relativa tranquilidad en aquel chalet, a pesar de que las noticias del frente eran cada vez peores. No obstante, en ese lugar conoce al que será su marido Francisco "Paco" Burcet Lucini, un joven sargento de 20 años de la Sección de Muleros de la Brigada.

La ocasión de volver al frente se le presentó en el verano de 1937 como cartera de la 46 División, la antigua 10ª Brigada de El Campesino, que por aquel entonces luchaba en la batalla de Brunete. El 25 de julio, los nacionales recuperan el pueblo y la batalla concluye. La División se retira nuevamente a Alcalá y Rosario y Paco aprovechan para casarse por lo civil el 12 de septiembre de ese año.

El 21 de enero del año siguiente, Paco parte con la 46 División con destino a Teruel a relevar a la 11 División, agotada tras la toma de la ciudad por parte de los republicanos. Cuando los nacionales retoman la ciudad, El Campesino vuelve a Alcalá, pero dos semanas más tarde parten de nuevo al frente de Aragón para afrontar una ofensiva nacional.

Sin nada que hacer, Rosario comenzó a trabajar en la oficina que Dolores Ibárruri, en el número 5 de la calle de Zurbano para reclutar mujeres que cubrieran los puestos de trabajo que los hombres dejaban libres. Estuvo allí hasta el 22 de julio, cuando dio a luz a una niña en el hospital de Santa Cristina, en la calle de O'Donnell, a la que puso de nombre Elena.

En aquella época, las tropas de El Campesino se encontraban inmersas en la batalla del Ebro y, cuando está acabó, la comunicación entre Rosario y Paco se perdió al quedar cada uno en una de las zonas republicanas.

Rosario dejó a su hija con la segunda mujer de su padre e intentó huir con él por el puerto de alicante pero la falta de barcos provocó la detención de ambos junto con otros 12.000 republicanos que se hacinaban en el puerto. Tras un breve paso por el campo de concentración de Los Almendros, donde Andrés fue fusilado, Rosario fue liberada.

De regreso a su pueblo, es detenida por falangistas locales e inicia un periplo por varias prisiones que acaba el 28 de marzo de 1942 en la de Saturrarán. Desterrada a doscientos kilómetros de Villarejo, fue a Samprón, un pueblo del Bierzo, en el que vivía una antigua compañera de prisión.

Dos meses más tarde, con la intención de recuperar a su hija Elena, vuelve a Madrid y, con la ayuda de Rufina Núñez, otra compañera de prisión, la encontró a cargo de la madre de Paco. Tenía cuatro años y apenas había visto a su madre. Sería José Luís, hermano de Paco quien le dijese que su marido vivía en Oviedo, se había vuelto a casar y tenia dos hijos; al fin y al cabo los matrimonios civiles se habían suspendido tras la victoria de Franco.

Viajó a Oviedo pero no encontró a Paco. Los padres de su nueva mujer le dijeron que habían ido a Barcelona en busca de trabajo. Desanimada, dejó la búsqueda y se casó con un cuñado de su amiga Rufina, del que se separaría a los dos años y empezó a vender tabaco de contrabando en la Plaza Cibeles. Hasta allí la fue a buscar Paco, pero ya nada era igual, habían pasado quince años desde su despedida.

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