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Salvación
y evacuación del Tesoro Artístico. De Madrid a Valencia |
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Introducción
Tras fracasar la
sublevación en Madrid, el orden publico se ve gravemente resentido.
El pueblo, gran protagonista del fracaso del golpe, toma el control
en las primeras horas y focaliza su odio en la iglesia y en todo
lo que recuerda a la España más tradicional. Esta destrucción,
cuyas fotografías darán la vuelta al mundo, serán utilizadas en
contra de la República y le restarán apoyos en el exterior.
Unos de los primeros
en denunciar la gravedad de la situación y la necesidad de preservar
el tesoro artístico español será el escritor comunista y católico
José Bergamín, desde la plataforma que le brinda la Alianza
de Intelectuales Antifascistas, de la que es cofundador.

Creación y actividad de la Junta
Al quinto día de guerra, Francisco José Barnés, ministro de Instrucción
Pública y Bellas Artes del Gobierno Giral adopta la idea
y ordena la creación de una Junta de Incautación, destinada a
salvar el tesoro artístico español. Todos sus miembros son intelectuales
y artistas.
Su primera función es visitar
todos los palacios, mansiones, iglesias, etc. que han ocupado los
partidos y sindicatos. Las obras de valor son rápidamente
retiradas, no sin problemas, pues las negociaciones con los
responsables de turno no siempre es fácil.
Al
mismo tiempo se pone en marcha un sistema rudimentario de propaganda
destinado a concienciar al pueblo sobre la necesidad de conservar
el patrimonio histórico artístico. En este sentido, los estudiantes
de Bellas Artes realizan carteles alentando al pueblo a que conserve
su patrimonio y se cuelgan por todas partes. Además, se reparten
octavillas con la misma consigna.
Las obras recuperadas son guardadas bajo la cúpula de la basílica
de San Francisco el Grande y en el convento de las descalzas,
situado en el centro de Madrid y a las dos semanas de su creación,
la Junta trabaja ya a buen ritmo. Dispone de más medios y empieza
a realizar la recogida de forma sistemática, elaborando catálogos
y restaurando las piezas que así lo requieren. También se levantan
actas de incautación y se elaboran fichas de cada pieza indicando
la procedencia, el autor y la materia de la que tratan.
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Los grecos de Illescas y el Banco de España
Una nota anónima dirigida al director
del Museo del Prado informa que en el municipio de Illescas (Toledo)
se han escondido cinco grecos en una cueva. La Junta se desplaza
para comprobarlo pero no hay forma de sacar nada en claro y, tras
mentiras y alguna amenaza, sólo obtienen la negativa a entregarlas.
Para vencer las reticencias es necesario llevar al alcalde de
Illescas junto con los dañados lienzos a los sótanos del Banco
de España, donde, en presencia de periodistas, se le hace entrega
al alcalde de la llave de la caja fuerte en que se depositan.
Cuando Illescas cae ante el avance nacional y su alcalde
desaparece con la llave, se abre la caja y se descubre que los
grecos están muy dañados por la humedad que produce el río
subterráneo que corre por debajo del Banco. La Junta los restaura
y concluye, en contra de algunas propuestas, que las cámaras del
Banco de España no son un buen lugar para guardar las obras.
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La situación
en Madrid empeora
A primeros de septiembre cambia el Gobierno (ahora de Largo Caballero),
y el comunista Jesús Hernández es el nuevo ministro de Instrucción
Pública quien, a su vez, nombra al artista valenciano
Josep Renau
Director general de Bellas Artes.
A principios de noviembre los nacionales llegan a las puertas
de la ciudad y parece que la ciudad va a caer en cuestión de horas.
El día 4, mientras la ciudad sufre su primer bombardeo masivo,
el Gobierno de Largo Caballero acuerda trasladarse a Valencia.
En esa reunión también se decide por decreto que el tesoro artístico
siempre acompañará al gobierno allá donde vaya. Así será.
Por aquel entonces, el grueso del tesoro está en el Museo del
Prado, una de las mejores colecciones de pintura del mundo;
acumulada durante siglos por los reyes de España. A finales de
agosto, tras poco más de un mes de guerra, se cierra el público.
En un gesto de propaganda se nombra director a Pablo Ruiz
Picasso, que acepta el cargo pero que nunca abandonará su
residencia francesa para ocuparlo. La responsabilidad cotidiana
recaerá en el subdirector, Francisco Javier Sánchez Cantón.
Las obras se van llevando a los
sótanos y a la rotonda baja, considerada el sitio más protegido
del museo. La cúpula se protege con sacos terreros y el piso alto
también, soportados por andamios. Por su parte, las esculturas se cubren con
sacos para prevenir la acción de la metralla.

El día 8 se contiene el ataque nacional y el 10 parte para Valencia
un convoy con 18 obras maestras de Tiziano, Goya, Tintoreto, el
Greco y Velázquez.
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Bombas sobre
el Museo del Prado
Los nacionales, al no poden avanzar por tierra, inician el bombardeo
sistemático de la ciudad por medio de la aviación. Así, el día
14 bombardean la zona de Atocha, el 15 el Hospital provincial,
el Casino y la Ciudad universitaria. El día 16 la zona del Congreso.
Poco antes de las siete de la tarde los aviones de reconocimiento
lanzan dos docenas de bengalas de señalización que caen en el
Paseo del Prado y detrás del edificio del museo.
Los aviones, con órdenes de lanzar su carga ante la línea de
bengalas, llevan bombas incendiarias y
explosivas. La explosivas caen casi todas detrás de las bengalas,
en la zona de concentración y residencia de los asesores
soviéticos que se alojan en el Hotel Savoy, objetivo real del
ataque. No obstante, tres de ellas explotan cerca de la fachada principal del
museo.
Las incendiarias caen más diseminadas: trece en la zona del museo
de las que nueve lo hacen directamente sobre el edificio. Éste
sufre severas roturas de cristales, claraboyas y numerosas puertas
se desencajan de su cerco, pero no se produce ningún incendio
de importancia en el edificio. Otros muchos edificios históricos
correrán la misma suerte en días posteriores; tales como la Biblioteca
Nacional, el Museo Antropológico, el Ministerio de Fomento, la
Iglesia de San Sebastián o El Palacio de Liria.

Cuesta creer que se trate de un
ataque deliberado al museo pero está claro que algo ha salido
mal y la propaganda republicana lo aprovecha en su favor presentándolo
como un ataque deliberado a la cultura. Con esta intención redacta
un documento que fotografía y detalla el ataque en un tiempo record.
En 48 horas tras el ataque, los diplomáticos de la república lo
ponen sobre las mesas de las principales cancillerías del mundo.
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Comienza
la evacuación
Ante el creciente ritmo de bombardeo, el día 3 de diciembre la
escritora comunista María Teresa León (compañera de Rafael
Alberti) es designada responsable de la evacuación a Valencia
de las obras. Para ello se presenta en el museo, junto con Alberti,
para acelerar los trasportes de obras a valencia.
El día 10 gestiona un convoy que transporta el cuadro de Las
Meninas. Al llegar al puente de Arganda, está a punto de producirse
un desastre: la estructura superior del puente es inferior a la
altura de la carga de los camiones. Se detecta a tiempo pero han
de descargarse y pasar la carga a mano al otro lado del puente.
No resulta fácil, ya que algunas de las cajas son tan altas y
pesadas que, incluso con la ayuda de rodillos, se necesita la
fuerza de varios hombres.
Desde su casa de Madrid, Maria Teresa León y Alberti siguen sobre
al mapa todo el camino del convoy durante la noche. Los miembros
de la expedición tienen orden de llamar desde cada población importante
por la que pasen. Finalmente, a la 7 de la mañana los cuadros
llegan a Valencia.
La experiencia angustiosa del convoy disuade a la pareja de seguir
al frente de tal responsabilidad. Por ello, será la Junta de Defensa
del Tesoro quien se encargue a partir de ese momento.
Ante el gran número de piezas a trasladar se considera la posibilidad
de desmontar las telas de sus bastidores y enrollarlas en cilindros,
pero el riesgo que representaría para las capas de pintura hace
desestimar la idea.
Finalmente se decide construir una resistente caja de madera para
cada pieza, protegiendo la superficie pintada con guata y cartón
y encajando el cuadro a la caja mediante almohadillas. Para evitar
los golpes al cerrar la caja, las tapas se atornillan. También
se aplicará a las cajas una capa de barniz de receta propia con
altas propiedades ignífugas.
Conseguir los camiones de transporte
tampoco será fácil. Las necesidades de la guerra imperan y los
camiones son imprescindibles para el frente. Una vez logrados
se cargan las cajas con el eje mayor en el sentido de la marcha
y se cubren con telas embreadas. Algunas cajas son tan grandes
que requieren del montaje de estructuras de madera sobre la caja
del camión para afianzarlas con seguridad.
El camino tampoco es fácil. El estado de las carreteras, ya malo
antes de la guerra, es ahora peor. El tráfico de vehículos
pesados, la falta de mantenimiento, los ataques de la aviación
y la artillería las han convertido en una dura prueba para un
transporte tan sensible.
Por el camino nadie puede estar seguro de que no serán atacados
por francotiradores o aviones, ni de la disponibilidad de mecánicos,
repuestos o gasolina. Por otro lado, cada pueblo, partido o sindicato
tiene sus propios controles de carretera, cosa que ralentiza enormemente
la circulación de los convoyes del tesoro artístico. Los controles
son improvisados, por lo que varían de un día a otro. Por otro
lado, los milicianos que los controlan, muchas veces no saben
leer pero reconocen las fotografías y los emblemas políticos.
No obstante el acompañamiento del convoy por parte de militares
de la república acostumbra a facilitar las cosas.
De todos modos, el tiempo es importante, pero se sabe de entrada
que el camino será largo. No en vano se ha fijado como velocidad
máxima la de 15 Km/h por motivos técnicos y de seguridad, por
lo que cada envío tarda unas 24 horas en llegar a Valencia.
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Almacenamiento en Valencia
En valencia la Iglesia del Patriarca es uno de los
lugares escogidos para almacenar la obras. El otro edificio
seleccionado es las Torres de Serranos. Un edificio de origen
gótico que constituía una de las puertas de la muralla de la
ciudad.
Las Torres se consideran tan apropiadas que se decide almacenar en
ellas lo más selecto del tesoro.

Para adecuarlo a tal fin, se construye,
bajo la dirección del arquitecto del Prado José Lino Bahamonde,
una bóveda de hormigón armado de 90 cm de grosor sobre el suelo
del primer piso destinada a evitar que las obras de arte, alojadas
en el piso más bajo, sufrieran daños en caso de bombardeo y derrumbe
del edificio. Sobre esta bóveda se acumuló un metro de cáscara
de arroz (destinada a actuar como amortiguador) y, sobre ella,
un metro y medio de tierra. En el segundo piso se acumuló otro
metro y medio de tierra y la terraza fue cubierta con sacos terreros.
Finalmente, y para evitar posibles daños por metralla, las caja
fueron protegidas con muretes de cemento perforados para aliviar
la presión de una eventual onda expansiva. Además, se instaló
un sistema automático de control de la humedad y de la temperatura.
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Reorganización de la Junta y consolidación
La concentración del tesoro en Valencia obliga a reorganizar las
operaciones. Así, se crea la Junta Central con sede en Valencia y
Juntas Delegadas en cada provincia. Como presidente de la Junta
Central se nombra a Timoteo Pérez Rubio, quien ocupará el cargo
hasta más allá del final de la Guerra Civil. José María Giner Pantoja
será su mano derecha.
Mientras, la Junta delegada de
Madrid prosigue con su labor de recuperación de obras de arte
con el depósito de San Francisco el Grande a rebosar. Al Mueso
Arqueológico llegan sin cesar nuevos materiales a la par que va
creando de la nada a su propio equipo. Desde conductores a restauradores,
pasando por personal de oficina, cada uno de ellos se convierte
en un experto en su campo. No en vano, nadie ha colaborado antes
en un proyecto de tales características.
Al frente de la Junta delegada se pone Roberto Fernández Balbuena
que incorpora al equipo al erudito Manuel Gómez Moreno y a sus
hijas Maria Elena y Natividad.
Desde Valencia, la Junta Central sigue pidiendo obras a Madrid a
un ritmo que la Junta delegada no puede mantener. Los cuidados en
la construcción de las cajas y su transporte así lo requiere.
Además, hay algunas obras cuyo estado desaconseja el traslado pero el
Gobierno considera que corren más peligro en Madrid y se ordena su
traslado.
En Marzo de 1937 Sánchez Cantón encuentra una bomba en el techo
del Prado pero no lo comunica a las autoridades para evitar que
ordenen la evacuación total y definitiva del Museo.
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Preocupación
internacional
Durante los preparativos de la Exposición universal de 1937 de
París, se decide enviar 150 obras maestras para que sean
expuestas. Esta idea provoca un debate entre el Gobierno que
finalmente decide que ningún cuadro saldrá de España pese a que
todo está organizado y Pérez Rubio y sus ayudantes llevan semanas
seleccionando las obras y la mejor ruta.
Esta situación alimenta el rumor de que un aparte del tesoro se
encuentra ya en Francia. En este sentido, Sir Frederic G. Kenyon,
ex-director del British Museum escribe una carta en el
diario The Times, redundando en esta idea y preguntándose
por qué el Gobierno de la República no informa de las medidas
adoptadas para la protección de tesoro artístico. El Gobierno
republicano recoge el guante a través de Pablo de Azcárate, su
embajador en Londres, quien publica otra carta en The Times
invitando a Kenyon a trasladarse a España y comprobar el estado
de las obras.
En agosto, Kenyon se traslada a España y es recibido por Pérez
Rubio y Giner, e inicia su visita por la iglesia de San Francisco
el Grande acompañado de James Gow Mann, director de la Wallace
Collection. Vienen de Cataluña y, lo que han visto allí, ha
empezado a cambiar su punto de vista.
En Valencia, visitan las nuevas instalaciones de las Torres de
Serranos, donde se han reunido ya los 500 mejores cuadros del
Prado. Para que comprueben que las cajas contienen lo que indican
sus etiquetas, les ofrecen escoger los cuadros que deseen para
que sean desembalados y llevados a su presencia. Uno de ellos
es Las Meninas, sobre el que corrían toda clasede rumores.
Un vez examinado, se fotografían junto a él.

La visita es plenamente satisfactoria
y, a su regreso a Londres, ambos escriben elogiosos artículos
sobre los esfuerzos y resultados de la Junta en unos momentos
tan difíciles.
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Madrid
empeora
En el otoño de 1937 la situación en Madrid es desesperada. El
general Miaja telefonea a Fernández Balbuena para confirmarle que
debe desalojar el depósito de San Francisco el Grande o
arriesgarse a que sus hombres luchen entre las obras de arte.
Fernández Balbuena, que convalece en su casa por cansancio y
desnutrición, pone en marcha a su equipo.
Se trata de más de 50.000 objetos de todo tipo que se han acumulado
durante más de un año. El ritmo es frenético por parte de todos
los miembros del personal. Se consigue evacuar una media de mil
objetos diarios. Los cuadros se trasladan al Museo del Prado,
ahora vacío, que se vuelve a llenar con 15.000 obras menores.
El resto de objetos, excepto los muebles, se trasladan al Museo
Arqueológico, sede de la Junta delegada, abarrotando todo el espacio
disponible.
Durante el traslado, se produce un choque de carácter político: el
subsecretario de Bellas Artes, Wenceslao Roces, que no había sido
avisado del traslado ordena detenerlo e impone a los miembros de
la Junta un compromiso político que muchos no subscriben. Esto
provoca que la junta pierda a 12 de sus miembros.
La
desconfianza y las sospechas de complot o traición reinan en la
República. Roces designa a dos agentes del SIM, Ceferino Colinas y Marcos
Iturburuaga, para que controlen la actividad de la Junta. A partir
de ese momento, ambos harán mucho más que vigilar.
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