Día de la Raza de 1936. El incidente del Paraninfo

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El 1 de octubre de 1936, Salamanca es la capital de la España nacional. Tras el traslado de Franco al Palacio del obispo, previa invitación del prelado, se suceden los encuentros entre Unamuno y el general Franco debido a la mutua simpatía que se profesan.

El 12 de octubre, con motivo del aniversario del descubrimiento de América, se celebra en el paraninfo de la Universidad de Salamanca el Día de la Raza. En la sala, profesores y alumnos se mezclan con militares de los diversos cuerpos armados nacionales, falangistas, autoridades y vecinos de la ciudad. En el estrado presiden, en mesa corrida, Millán-Astray, fundador de la legión; Carmen Polo, esposa del General Franco; el cardenal Pla y Deniel y el rector de la universidad, Miguel de Unamuno, que actúa en nombre de Franco.

Unamuno y el cardenal Pla y Deniel a la salida del Paraninfo. Agencia EFE

Unamuno y el cardenal Pla y Deniel a la salida del Paraninfo. Agencia EFE

Pero aquella mañana, pese a su inicial apoyo a los nacionales, Unamuno disiente. No aprueba lo que está pasando en los dos bandos y decide limitarse a otorgar los turnos de palabra a los oradores que participan en el acto. Lleva consigo la carta desesperada de la esposa de su amigo el reverendo protestante Atilano Coco, que será fusilado por masón el 8 de noviembre de 1936.

Uno de los oradores, el profesor Francisco Maldonado de Guevara, pronuncia un discurso en el que ataca duramente a vascos y catalanes y les acusa, junto con Madrid, de ser los principales focos de la llamada anti-España. Unamuno, por su parte, va  creciendo visiblemente en indignación mientras anota en el reverso del sobre de la carta de la mujer de su amigo los conceptos que más llaman su atención.

– “¡No aguanto más! -dice Unamuno-. ¡No quiero aguantar más! ¡Esto es una vergüenza!”

Al final de la intervención de Maldonado de Guevara, el rector se pone en pie, observa al auditorio y dice:

– “Dije que no quería hablar porque me conozco. Pero se me ha tirado de la lengua y debo intervenir. Se ha hablado aquí de guerra internacional en defensa de la civilización cristiana; yo mismo lo hice otras veces. Pero no, la nuestra es sólo una guerra incivil. Nací arrullado por una guerra civil y sé lo que digo. Vencer no es convencer, y hay que convencer, sobre todo, y no puede convencer el odio que no deja lugar a la compasión; el odio a la inteligencia que es crítica y diferenciadora, inquisitiva, mas no de inquisición.

Se ha hablado también de catalanes y vascos llamándolos la anti-España; pues bien, por la misma razón pueden ellos decir otro tanto. Y aquí está el señor obispo, catalán, para enseñaros la doctrina cristiana que no queréis conocer, y yo, que soy vasco, llevo toda la vida enseñándoos la lengua española, que no sabéis. Ése sí es un Imperio, el de la lengua española, y no…”

En este momento, el general Millán-Astray suelta un bufido, da un puñetazo sobre la mesa y se alza gritando:

– “¡¿Puedo hablar?! ¡¿Puedo hablar?!”

La escolta de Millán-Astray hace acto de presencia y el público se queda más en silencio, si cabe, de lo que estaba antes.

– “¡Cataluña y el Pais Vasco – continúa Millán-Astray- , el País Vasco y Cataluña son dos cánceres en el cuerpo de la nación! El fascismo, remedio de España, viene a exterminarlos, cortando en carne viva y sana como un frío bisturí. La carne sana es la tierra; la enferma, su gente.¡El fascismo y el ejército arrancarán a la gente para restaurar en la tierra el sagrado reino nacional!

Cada socialista, cada republicano y cada uno de ellos sin excepción y, huelga añadirlo, cada comunista es un rebelde contra el gobierno nacional, que será pronto reconocido por los estados totalitarios que nos auxilian, a pesar de Francia, democrática Francia, y la pérfida Inglaterra.

Y entonces, o incluso antes, cuando Franco lo quiera y con la ayuda de mis valiente moros, que si bien ayer me destrozaron el cuerpo, hoy merecen la gratitud de mi alma por combatir a los malos españoles, porque dan la vida por la sagrada religión de España, escoltan al caudillo, prenden medallas y Sagrados Corazones en sus albornoces…”

En ese momento, una voz grita desde el fondo del paraninfo: “¡Viva la muerte!”. En respuesta, Millán-Astray grita: “¡España!”. Automáticamente, algunas personas responden: “¡Una!”. “¡España!”, vuelve a gritar Millán-Astray. “¡Grande!”, responde el auditorio . Y al grito final de “¡España!”, contestan: “¡Libre!”.

Unamuno, que permanece de pie, solicita la palabra con un gesto de su mano. El auditorio queda en silencio para oírle decir:

– “A veces callar significa mentir; porque el silencio puede interpretarse como aquiescencia.

Quisiera comentar el discurso, por llamarlo de algún modo, de Millán-Astray. Dejemos a parte el insulto personal que supone la repentina explosión de ofensas contra vascos y catalanes. Yo nací en Bilbao, en medio de los bombardeos de la segunda guerra carlista. Más adelante me casé con esta ciudad de Salamanca, tan querida, pero sin olvidar jamás mi ciudad natal. El obispo quiéralo o no, es catalán nacido en Barcelona.

Acabo de oír el grito necrófilo e insensato de “¡Viva la Muerte!”. Esto me suena lo mismo que ¡Muera la Vida!. Esta ridícula paradoja me parece repelente. Puesto que fue proclamada en homenaje al último orador entiendo que fue dirigida a él, si bien él mismo es un símbolo de la muerte.¡Y no otra cosa! El general Millán-Astray es un inválido. No es preciso decirlo en un tono mas bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero los extremos no sirven como norma. Un inválido que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, que era un hombre, no un superhombre, viril y completo a pesar de sus mutilaciones, un inválido, como dije, que carezca de esa superioridad de espíritu, suele sentirse aliviado viendo como aumenta el número de mutilados alrededor de él.

El general Millán-Astray no es uno de los espíritus selectos aunque sea impopular o, quizá por esta misma razón porque es impopular. El general Millán-Astray quisiera crear una España nueva, creación negativa sin duda, según su propia imagen. Y por ello desearía ver a España mutilada, como inconscientemente lo dio a entender.”

Millán-Astray, que también ha permanecido de pie mirando al rector, exclama:

– “¡Muera la inteligencia!”

El poeta José Maria Pemán, que ha asistido al acto y al incidente, trata de suavizar el encuentro diciendo:

– “¡No! ¡Viva la inteligencia!. ¡Mueran los malos intelectuales!”

El murmullo iniciado tras la intervención de Millán-Astray ha ido creciendo durante la de Pemán. No obstante, entre las demás voces se oye nuevamente la de Unamuno:

– “¡Éste es el templo de la inteligencia y yo soy su sumo sacerdote! Vosotros estáis profanando su sagrado recinto. Yo siempre he sido, diga lo que diga el proverbio, un profeta en mi propio país. ¡Venceréis, pero no convenceréis! Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta; pero no convenceréis porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta: Razón y derecho en la lucha. Me parece inútil pediros que penséis en España.”

Y, tras una breve pausa, concluye diciendo: “He dicho”

En la sala la gente se ha puesto de pie, gritan y discuten. El objetivo de las críticas es el rector de la universidad. Algunos puños se alzan en su contra anunciando un inminente linchamiento. Esteban Madruga Jiménez, futuro rector de la universidad, toma a Unamuno de un brazo e indica a Carmen Polo, que le tome el otro. El obispo los acompaña sin demasiado convencimiento. Al salir, Unamuno tropieza y Carmen Polo lo sostiene.

– “¡Dele usted el brazo a la señora!”- le grita Millán-Astray.

En el pasillo, Carmen Polo suelta el brazo de Unamuno y se retrae discretamente del tumulto. El cardenal Pla y Deniel le acompaña hasta el coche que espera en la puerta.

Juan Crespo, afiliado al partido monárquico, acompaña al rector a su casa. A partir de este momento, Unamuno estará vigilado por un policía de paisano que seguirá sus pasos en sus raras salidas.