|
Asedio del
Santuario de la Virgen de la Cabeza |
|
»
Introducción. El fracaso del
alzamiento nacional en la provincia de Jaén
En vísperas de la guerra civil, Jaén contaba con una población en
torno a 600.000 habitantes, siendo una provincia eminentemente
agrícola. La estructura de la propiedad existente hacía de ella
uno de los ejemplos más destacados de la crisis secular del campo
español. La opulencia de los ricos hacendados contrastaba
sobremanera con la miseria y hambre de los jornaleros que sólo
podían disfrutar del trabajo temporal que daba el campo y del que
apenas podían sobrevivir.
Sólo las ciudades de Linares y
La Carolina marcaban la diferencia en la provincia gracias a la
explotación minera, aunque los enfrentamientos sociales y la
pobreza se repetían en ellas.

El descontento de la clase
obrera se reflejaba en la nutrida militancia sindical de la época,
en donde la Federación de Trabajadores de la Tierra (variante de
la UGT) contaba con 55.000 afiliados, a los que habría que sumar
los 13.000 de la CNT y FAI. Igualmente se traslucía en la
militancia política de estos años, en donde el PSOE contaba con
algo más de 75.000 afiliados, las Juventudes Socialistas
Unificadas con 5.000 y 7.500 el partido comunista.
La victoria del Frente Popular en las elecciones de febrero del 36
fue recibida con gran esperanza por buena parte de los habitantes
de Jaén que creían que había llegado el momento de la esperada
revolución que pusiera fin a la república burguesa. De este modo,
el clima social se fue radicalizando a lo largo de la provincia
durante la primavera del 36.

Alcaudete, Mancha Real, Huesa,
Arjonilla, entre otras muchas poblaciones, vieron cómo aumentaban
los asaltos a los cortijos, la quema de cosechas y los asesinatos.
Esta violencia fue creciendo conforme avanza el año, llegando a su
punto más álgido en la primera quincena del mes de julio.
Por otra parte, la guarnición militar con la que contaba la
provincia se basaba esencialmente en los cuerpos de la Guardia
Civil y de la Guardia de Asalto, ya que los demás efectivos eran
prácticamente testimoniales.
La Guardia de Asalto estaba constituía por una Compañía formada
por 80 hombres que habían sido dirigidos hasta meses antes de la
contienda por el capitán de la Guardia Civil Rodríguez de Cueto,
siendo en su mayoría partidarios de secundar la revuelta militar.
Por su parte, la Comandancia de la Guardia Civil de Jaén estaba
compuesta por 650 hombres distribuidos por toda la provincia y
agrupados en seis compañías.
Al mando de la Comandancia
jiennense se encontraba el teniente coronel Pablo Iglesias
Martínez, auxiliado por los comandantes Eduardo Nofuentes e Ismael
Navarro.
Estos jefes tenían en Jaén un destino reciente, pues buena parte
de los mandos militares habían sido trasladados tras las
elecciones de febrero de 1936 por lo que desconocían la
sensibilidad y pensamientos de los hombres que estaban bajo sus
órdenes.
La indecisión de los jefes que dirigían la comandancia frenó el
deseo de la mayor parte de los oficiales y tropa de añadir la
provincia a las fuerzas sublevadas. El contacto que los militares
rebeldes tenían en Jaén era el capitán de Infantería Eduardo
Gallo, adscrito a la caja de reclutamiento y que había
comprometido en los días previos al alzamiento cerca de medio
millar de efectivos civiles. Éste contaba con la declaración del
Estado de Guerra por parte de la Guardia Civil y la entrega de
armas a los paisanos hacia las tres de la tarde del día 18. Pero
los titubeos de los mandos de la Benemérita hicieron retrasar la
decisión. La última reunión, mantenida en la comandancia en las
últimas horas del mismo día 18, terminó con la clara oposición a
la sublevación del teniente coronel Revuelta, gobernador militar
de la provincia, y la pasividad del también teniente coronel
Iglesias ante su actitud.
Entretanto, los civiles
reclutados esperaban, formando pequeños y disimulados grupos, el
cohete que serviría de contraseña para unirse al alzamiento
militar. En lugar de éste, recibieron la orden de volver a sus
casas ante la falta de acuerdo. La sublevación en Jaén había
fracasado.
Ante la presión de los gobernantes, el teniente coronel Iglesias
dio orden para entregar las armas de los cuarteles a la
muchedumbre, siendo desobedecida por algunos puestos, por lo que
el diputado socialista Alejandro Peris no dudó en animar a la
población a que asaltaran los cuartelillos que se negaran a la
entrega. Esta orden ocasionó enfrentamientos en diferentes puntos
de la provincia entre la población y la Guardia Civil. Con el fin
de evitarlos, se ordenó la concentración de los guardias en la
capital. Este repliegue ya se había realizado en la Compañía de
Andújar, dirigida por el capitán Antonio Reparaz, y en Úbeda,
donde se sumaron los guardias civiles de la tercera Compañía que
tenía su cabecera en Linares, evitando los posibles
enfrentamientos con la radicalizada población. Esta concentración
de las fuerzas del orden dejó a numerosos pueblos de la provincia
y sus habitantes a la merced de grupos incontrolados,
produciéndose en ellos un auténtico exterminio de los adversarios
políticos al verse libre del control de los que tenían la
obligación de velar por el orden público.
Pero la concentración de guardias en determinadas ciudades de la
provincia, fue vista con temor por las autoridades del Frente
Popular dado que podrían servir de catalizador de los que aún
confiaban en una sublevación por parte de la Benemérita.
Con el paso por la provincia de la columna del general Miaja a
finales del mes de julio comenzó el envío de guardias a los
frentes gubernamentales. Así se encuadraron, no sin ciertas
tensiones, 80 guardias de los concentrados en Úbeda y 90 más de
Andújar con sus respectivos capitanes. En esta ciudad, se puso
como condición trasladar a sus familiares, junto a un pequeño
grupo de guardias al mando del teniente Ruano al palacio de Lugar
Nuevo.
Una vez disuelta la concentración de guardias en estas ciudades,
le tocaba el turno a la capital. A mediados de agosto se enviaron
50 guardias de Jaén al sector de Campillo de Arenas, y días
después 150 más, al mando del teniente coronel Iglesias, junto a
500 milicianos, para reforzar el frente de Alcalá la Real. El paso
de los primeros a la zona nacional, hizo que el teniente coronel
fuera sustituido por el comandante Navarro con el fin de evitar la
evasión de los guardias. Pero el plan para pasarse ya estaba
ultimado por el capitán Amezcua, llevándolo días después junto a
dos oficiales y 132 guardias.
El paso de estas unidades aumentó la desconfianza y hostilidad
sobre la tropa concentrada que aún quedaba en Jaén y que, junto al
millar de presos políticos que abarrotaban tanto la cárcel
provincial como la catedral, serían fuerza más que suficiente para
hacerse con el control de la ciudad. Para evitar este problema, se
enviaron buena parte de los presos a “cárceles más seguras”, en lo
que más tarde se llamó “el tren de la muerte”, ya que fueron
fusilados en la estación del Tío Raimundo en Madrid. Para las
familias de los guardias se propusieron diferentes lugares de la
zona republicana, no siendo admitidos por los interesados,
proponiendo, en cambio, su traslado al Santuario de la Virgen de
la Cabeza, cercano a Lugar Nuevo y con capacidad de albergar a
toda la población civil gracias a la veintena de casas de
cofradías y otras edificaciones que existían en su entorno.
De este modo, en la mañana del 18 de agosto salían de la estación
de Jaén rumbo a la de Andújar los trenes que transportaban los
efectivos.
Mientras tanto, los guardias civiles de la columna Miaja
retrasaron su ya planeado paso a la zona de Córdoba, hasta que sus
compañeros del Santuario se abastecieran de los alimentos
necesarios para resistir las pocas semanas que, según sus
cálculos, duraría el avance de las tropas nacionales desde Córdoba
y su consecuente liberación.
El capitán Reparaz, en continuo contacto con el capitán Cortés,
cruzó el frente el día 25 de agosto, llevando consigo más de 200
guardias civiles. Entre los guardias que no habían participado en
los planes de Reparaz, se encontraban 50 procedentes de Linares
que fueron desarmados y enviados en dos camiones primero a Jaén
para después dirigirse al Santuario.
Ya desde el principio de su estancia en el Santuario, el capitán
Cortés había ideado junto al capitán Reparaz, un sistema ante una
posible defensa. Ésta consistía en una organización a través de
cinco sectores que rodeaban todo el cerro, concediendo especial
atención a la zona norte por ser la menos abrupta.
A partir del paso de las tropas de Reparaz a Córdoba, la situación
de la población residente en el Santuario se fue complicando por
días. Las autoridades de la provincia desconfiaban de la ambigua
actitud mostrada por la Guardia Civil, y que, a pesar de las
buenas disposiciones que manifestaban, no dejaba lugar a dudas con
el paso de más de 400 efectivos de Jaén a la zona nacional.
De este modo, el día 9 de septiembre llegó a Andújar Lino Tejada
como delegado especial del Gobernador civil para conocer
exactamente el grado de lealtad de los refugiados en la sierra y
disolver el campamento.
La actitud intransigente de ambas partes tensó aún más las
relaciones, lo que se puso de manifiesto en la escueta carta que
el comandante Nofuentes le envió al delegado el 12 de septiembre
en la que le decía “tengo demasiados años y categoría para aceptar
consejos de usted que para mi nada es ni representa, omitiendo por
tanto toda explicación”.
Comenzó así el lanzamiento de octavillas sobre las posiciones con
el objeto de minar la moral de los residentes y provocar una
reacción de la tropa contra sus jefes.
Las proclamas lograron su objetivo al sembrar dudas en buena parte
de los refugiados, decidiendo el comandante Nofuentes convocar a
los hombres residentes en el Santuario para consultarles sobre la
actitud que debían adoptar. En la asamblea, el grupo de paisanos
que allí había, crearon un ambiente de entusiasmo hacia la causa
nacional, mientras que los guardias quedaron silenciosos en su
mayoría. La reunión volvió a celebrarse el día 14 de septiembre.
En esta ocasión sólo fueron convocados los guardias civiles. La
actitud de permanecer en el lugar no encontró eco entre la mayor
parte de los guardias que optaron por la evacuación del reducto.
En ese momento, el capitán Cortés daba todo por perdido, mientras
en la explanada del cerro se organizaba el traslado del personal
del campamento. Con la partida del primer convoy, el capitán vio
cómo unas mujeres que estaban en una fuente, eran forzadas a subir
a los camiones. Esto hizo que se abalanzara calzada abajo junto a
un reducido grupo de seguidores con el fin de paralizar las
expediciones. Provistos de sus pistolas reglamentarias, detuvieron
a los guardias de Asalto que allí se encontraban. Asimismo, fue
detenido a su vuelta el comandante Nofuentes que había partido con
el delegado gubernativo para concretar los detalles de la
evacuación.
Sobre los guardias de Asalto retenidos, el capitán Cortés puso
como condición para su entrega el retorno de los guardias y
familiares de los puestos de El Tranco y Linares que habían
partido en la primera expedición “en la forma y estado en que se
encontraban”. Esta frase del capitán, refleja su convencimiento de
que los hombres del primer convoy fueron fusilados y sus mujeres
violadas una vez que salieron del Santuario.
A pesar de la actitud del capitán Cortés, continuaron los intentos
de disolver el campamento de forma pacífica mediante el
lanzamiento de nuevas octavillas con un lenguaje cada vez más
agresivo, siendo acompañadas en esta ocasión de bombas de pequeña
potencia con intención disuasoria. A esta campaña, se unió el
envío de parlamentarios para convencer a los jefes más destacados
para que depusieran su actitud.
Entretanto, dentro del campamento se vivían horas de tensión y
enfrentamiento. La actitud tomada por el capitán no convencía a un
número elevado de guardias. Los que pudieron franquear los puestos
de vigilancia establecidos en torno al cerro, desertaron del
campamento, contabilizándose el 15 de septiembre 35 guardias
civiles evadidos. Esto hacía crecer en el capitán las dudas sobre
la lealtad de sus hombres, por lo que dio orden de disparar a todo
el que se alejara del perímetro establecido.
La desconfianza entre los jefes y la tropa se extendía también a
Lugar Nuevo. De este modo, quiero referirme en este punto a las
difíciles relaciones que existieron a lo largo del asedio entre el
capitán Cortés y el teniente Ruano que dirigía el campamento de
Lugar Nuevo. Este último, fue destituido a mediados de septiembre
y sustituido en su cargo por un brigada. Este dato, hasta ahora
desconocido, se desprende del testimonio de Juan Beltrán, tío del
teniente, cuando fue a entrevistarse con su sobrino el 17 de
septiembre con el fin de hacerle deponer su actitud, lo cual no
pudo realizar por hallarse detenido. Este hecho fue confirmado
nuevamente por el propio capitán Cortés en el encuentro que
mantuvo dos días después con el sargento de la Guardia Civil José
Garrido, enviado de las fuerzas republicanas, al contar entre los
detenidos al teniente.
Este hecho, nos deja ver las difíciles relaciones que existieron
entre el capitán Cortés y el teniente Ruano a lo largo del asedio.
El teniente Ruano estaba en este año de 1936 recién ingresado en
el cuerpo de la Guardia Civil y por tanto no existía una relación
anterior entre los dos oficiales. Lo primero que nos lleva pensar
el conocimiento de su detención es que Ruano no aceptó la
dirección marcada por el capitán Cortés, pretendiendo continuar
como supremo jefe de la posición que el capitán Reparaz le había
confiado en Lugar Nuevo, por lo que Cortés lo destituyó por
insubordinación. Según el testimonio de los que lo conocieron,
Ruano tenía un carácter altanero. De este modo, cuando el
comandante Nofuentes hizo un relato manuscrito sobre el asedio con
el fin de ser admitido en la Guardia Nacional Republicana,
describe el momento en que se encontró con los oficiales
sublevados ya detenidos momentos antes de su evacuación. Respecto
al teniente Ruano afirma que “cambió su altivez y orgullo ante mi
persona, que llegó naturalmente al desprecio, por pasar delante de
mí, junto a la referida caseta de peones camineros, con la vista
baja y la cara llena de vergüenza”.
La hipótesis de no subordinarse a la dirección marcada por el
capitán en el cerro igualmente toma forma con el repliegue sobre
el Santuario realizado en la madrugada del día 12 de abril sin
previo aviso al capitán Cortés. Los primeros en llegar al
Santuario de las más de 200 personas con las que contaba la
expedición, lo hicieron hacia las cinco y media de la mañana. El
capitán Cortés, que se encontraba en esos momentos en el
cementerio dando sepultura a los caídos en la jornada anterior, se
quedó estupefacto. Al día siguiente envió un parte a Córdoba
comunicando la odisea. El día 14 de abril volvió a referirse a la
evacuación en otro parte que nunca llegó a su destino. La paloma
que lo llevaba cayó fulminada por los disparos de un miliciano y
el mensaje fue entregado al teniente coronel Cordón, jefe militar
del Ejército republicano establecido en el Santuario. En el
mensaje se mostraba la pesadumbre del capitán por el abandono de
Lugar Nuevo, pues empeoraba notablemente la situación de los
refugiados en el Santuario. En el comunicado, afirmaba Cortés que
“si bien existe una desmoralización en las fuerzas [de Lugar
Nuevo], no es a éstas ni a las clases a las que considero
responsables del trascendental paso que han dado, sino sólo
exclusivamente a la falta de energía del oficial que debió
oponerse a ello a toda costa”. El mensaje continúa afirmando que
“teniendo en cuenta situación campamento, he dispuesto que las
fuerzas y clases empiecen a prestar servicios mezcladas entre las
que aquí hay que están animadas mejor espíritu y al oficial le he
dejado sin mando con el fin de que se desimpresione, haciéndose al
ambiente de la disciplina”.
Pero volviendo a nuestro relato y disipada toda duda de la actitud
rebelde de los campamentos serranos, el delegado gubernativo Lino
Tejada consideró concluida y fracasada la misión que se le había
encomendado, cesando en su delegación el 25 de septiembre de 1936.
Antes de hacerlo, quiso hacer un último intento con el lanzamiento
de más de 400 bombas, cada vez de mayor potencia, en los últimos
días como responsable. Ahora se hará cargo de la dirección de las
operaciones el comandante general de la columna de Andalucía
Hernández Sarabia. Así quedaba oficialmente declarada en rebeldía
la población del Santuario y Lugar Nuevo. Una población que se
componía en el Santuario de 233 combatientes y 639 mujeres, niños
y ancianos; en el palacio de Lugar Nuevo había 85 hombres aptos
para el combate y 231 de personal no apto para este fin. En total
existían entre los dos campamentos 318 defensores y una población
no combativa de 870.
Subir »
El desarrollo del asedio
No es objeto de esta conferencia el exponer la marcha
pormenorizada del campamento en los 7 meses siguientes a los
hechos narrados, por lo que expondré el devenir de los factores
más destacados del sitio, prestándole especial atención a las
últimas y decisivas jornadas.
Sería aventurado y siempre impreciso dar una cifra exacta de los
combatientes que en este momento tenían apostados en el cerro el
bando republicano. Pero para hacernos una idea de la situación
inicial en la que se encontraban en el momento de declararse en
rebeldía la Guardia Civil de la provincia, podemos afirmar, que
las fuerzas sitiadoras, bajo las órdenes del capitán de la
Compañía de Asalto de Jaén, Agustín Cantón, contaban en este
primer momento con 1.500 personas aproximadamente. En su mayoría
eran milicianos, por lo que su efectividad en el campo de batalla
era mucho menor que la de los 350 combatientes sitiados.
Estas cifras hay que tomarlas
con cautela al no existir un registro oficial de fuerzas y porque
éstas fueron cambiando a lo largo del asedio. De este modo,
respecto a los sitiados, hubo deserciones desde los inicios de las
hostilidades. El día 15 de septiembre, al día siguiente del golpe
de mano dado por Cortes, eran ya 35 los guardias que habían
logrado evadirse del Santuario. Este número decreció durante el
desarrollo del asedio, aunque no dejaron de existir casos
aislados, aumentando nuevamente en el mes de abril con el
recrudecimiento de las acciones bélicas.
También entre las filas republicanas se produjeron deserciones con
la intención de unirse a la suerte de los sitiados. Así, el 13 de
octubre se incorporaron al Santuario dos sargentos y tres guardias
civiles, y el 23 dos guardias de Asalto, comunicando al capitán
que había otros 20 compañeros en las líneas enemigas dispuestos a
evadirse.
Pero conforme pasaba el tiempo la situación de la población del
Santuario se agravaba aún más, por lo que Cortés no estaba
dispuesto a asumir más personas en el campamento. A partir de
noviembre fueron rechazadas las propuestas de evadión del campo
republicano. De este modo, el día 2 un cabo y un guardia de
Asalto, pasaron a entrevistarse con Cortés y comunicarle que
estaban esperando el momento oportuno para pasarse una parte de
sus fuerzas al Santuario. Cuando volvieron a entrevistarse un mes
más tarde en representación de 50 compañeros, Cortés les disuadió
de hacerlo, proponiendo que dirigieran sus esfuerzos en tomar
Jaén. Ese mismo día, Cortés acogió a un vecino de Fuencaliente
(Ciudad Real) que huía de la persecución que padecía. El día 14,
llegaron otros cuatro paisanos de dicha localidad que venían en
representación de más de 300 personas de su comarca pidiendo
asilo. Cortés no pudo concederles permiso para ingresar en el
campamento por la precaria situación en la que vivían y que aún la
agravarían más.
Y es que desde el mes de septiembre, la situación de la población
asedidada empeoraba por momentos. El primer objetivo de las
fuerzas republicanas fue romper toda comunicación con la zona
nacional. Esta se realizaba mediante un receptor de radio debido a
que la radio de la comandancia fue entregada a finales de agosto a
las fuerzas republicanas. El receptor se abastecía de electricidad
mediante un generador que estaba situado en el lado noreste del
templo y que fue uno de los primeros objetivos de las fuerzas
leales.
Incomunicados, la única esperanza que albergaban los sitiados era
la llegada de los 400 guardias civiles de la comandancia de Jaén
que habían logrado pasarse a la zona nacional y, que mucho de los
cuales, tenían sus familias en el cerro. Pero los planes
inmediatos del Ejército sublevado era la conquista de Madrid, lo
que hubiera supuesto el final de la contienda. Esto hizo que se
desplazara al centro de la península la mayor parte de las fuerzas
y que los guardias de Jaén fueran dispersados en diversos frentes.
El general Queipo de Llano quedó desprovisto de fuerza suficiente
para acometer una rápida conquista del valle del Guadalquivir. Sus
mermados efectivos sólo podían avanzar lentamente. A pesar de
ello, logró importantes objetivos, como la conquista de Lopera y
Porcuna dentro de la denominada “campaña de la aceituna”. La
población de Porcuna, visible desde el Santuario, hizo posible la
comunicación mediante heliógrafo. Para las comunicaciones
secretas, el capitán Cortés utilizaba como método el envío de
palomas mensajeras que llevaban sus encriptadas comunicaciones
hasta Córdoba desde finales del mes de septiembre.
Otro de los principales problemas de los asediados durante los
meses que duró el mismo fue el aprovisionamiento de víveres. Estos
debían de hacerse por vía aérea desde Córdoba y Sevilla, por lo
que tenían que internarse en campo enemigo durante buena parte de
su recorrido. Asimismo, el elevado número de personas a las que
alimentar (más de 1.000) y lo agreste del terreno dificultaba
sobremanera esta labor. En este sentido se ha de destacar la labor
realizada por el capitán
Carlos Haya. De los 157 servicios de
aprovisionamiento realizados al Santuario, el capitán Haya realizó
con su Douglas DC-2, 70 de estos auxilios. Gran renovador de la
técnica aérea, supo idear sistemas para rentabilizar al máximo la
eficacia de sus envíos mediante la utilización de dobles sacos,
tubos metálicos e incluso la utilización de pavos para lo más
delicado. Su heroísmo en el abastecimiento de los sitiados le
valió la concesión de la Laureada de San Fernando, máxima
distinción del Ejército español, en septiembre del 42.
A pesar de la voluntad de auxiliar a la población asediada con
alimentos y medicinas, el sistema era insuficiente para alimentar
a un millar de personas. Según los cálculos que realizó el capitán
Cortés, se necesitaría diariamente 750 kgr. de pan y 300 más de
legumbres o patatas. Ante la imposibilidad de alimentar a toda la
población vía aérea, individualmente completaban la escasa ración
con animales y frutos silvestres. A medida que pasaron los días,
estos alimentos fueron desapareciendo en las inmediaciones del
cerro. La situación se complicó aún más con la llegada del
invierno, por lo que muchos comenzaron a experimentar con hierbas
desconocidas, lo que motivó el envenenamiento del guardia Miguel
Chamorro y dos de sus hijas en febrero del 37.
Igualmente hay que advertir que, conforme el invierno avanzaba,
las enfermedades aumentaron considerablemente debido
principalmente a las precarias condiciones en las que vivían y la
falta de ropa de abrigo. La población del Santuario se había
trasladado desde la capital en pleno mes de agosto con la
confianza de que su estancia en el cerro sería corta, por lo que
en el básico equipaje que pudieron transportar no había mucho
sitio para ropa de abrigo. A esto hay que sumar la destrucción,
total o parcial, de aquellas construcciones que los albergaron en
el primer momento, debiéndose hacinar en las escasas edificaciones
que mantenían su cubrición. Hay que hacer notar que el invierno
del 36-37 fue bastante lluvioso, por lo que la falta de vivienda,
se convirtió en otro de los graves problemas de los sitiados.
Y es que la aviación y la artillería fueron los protagonistas de
los hostigamientos durante todos estos meses. Ya vimos cómo el
bombardeo de la posición comenzó desde el inicio del sitio. Si
éstos tuvieron al principio la misión de lanzar comunicados a la
población para que depusieran su actitud y se enfrentasen a sus
jefes, con el lanzamiento de bombas disuasorias, pronto los vuelos
se convirtieron en demostraciones de fuerza sobre la población.
Ya he hecho mención a los bombardeos que mandó realizar Lino
Tejada entre los días 16 y 24 de septiembre con el lanzamiento de
más de 400 bombas, utilizando para ello aparatos procedentes de
los aeródromos de Baeza, y sobre todo, de Andújar. Estos
bombardeos, ocasionaron el primer muerto en combate, el brigada de
Carabineros Juan Molina. Su cadáver fue enterrado con la
solemnidad que los medios permitían bajo una bandera española
bicolor en el improvisado cementerio, siendo el primero en ser
inhumado en este lugar que acogería durante el asedio a todos los
difuntos.
Debido al tiempo y al desarrollo de la guerra, los bombardeos por
aire nunca fueron regulares. Tras días de relativa calma, se
iniciaban otros de continuo e intenso bombardeo aéreo, reforzado
por la artillería. Desde el aire, ningún refugio era seguro para
los centenares de personas que ocupaban el cerro.
A pesar de la destrucción de inmuebles que realizaba la aviación,
fue la artillería republicana la que ocasionaba el mayor
hostigamiento de la posición. Las piezas de artillería destacadas
en el cerro no siempre se mantuvieron constantes, trasladándose a
otros frentes según las necesidades bélicas.
El avance de las tropas nacionales del general Queipo de Llano,
hizo interpretar a los mandos republicanos que su objetivo era
liberar el Santuario, por lo que reforzaron la posición con
importantes piezas de artillería. A finales de octubre se
instalará una batería de 10’5 junto a la caseta de peones
camineros que castigará durante el asedio el lateral norte de la
iglesia hasta convertirla en escombros.
Tras el fracaso del ataque del día 1 de noviembre, en el que
llegaron a participar 9 aviones además de la fusilería y la
artillería, se refuerza aún más esta última por el alto grado de
rendimiento que se obtiene en la destrucción. El día 5 de
noviembre se sitúan dos piezas más de 12’40 en la casa de Orti. A
pesar de cumplir con su función, estas se ven insuficientes para
una toma rápida de la posición, por lo que el día 9 de noviembre
llegó una nueva batería de 7’5 para redoblar el castigo artillero.
Un despliegue de medios desproporcionado frente a los sitiados que
tan sólo contaban con fusiles.
De los duros ataques de noviembre, las fuerzas republicanas sólo
pudieron ocupar escasas avanzadillas, produciéndose, en las dos
primeras semanas del mes más de una veintena de muertos entre los
asediados. Pobres resultados para la demostración de fuerza
realizada y la población que se trataba de reducir. Lo que sí puso
de manifiesto fue que, para tomar la posición, era necesario
neutralizar previamente el cerro que ocupaba la cuarta sección.
Pero las necesidades de otros frentes hicieron que se redujeran
los dispositivos allí desplazados. De este modo, en enero del 37
la tropa republicana destacada en el Santuario se componía de 2
capitanes, 4 tenientes, 8 suboficiales, 185 milicianos y un
capitán con 240 guardias de Asalto. Asimismo la artillería quedó
reducida a una batería de 11,5.
Subir »
Hacia el combate definitivo
El Santuario no poseía interés estratégico para ninguno de los
bandos combatientes al estar aislado en Sierra Morena, a más de
treinta kilómetros de Andújar con la que lo unía una carretera sin
asfaltar que terminaba en el cerro. Además se conocía la población
allí residente, compuesta en su mayoría por personal civil, siendo
el grupo de combatientes numéricamente escaso e insuficiente como
protagonizar ningún hostigamiento a la ciudad de Andújar o
cualquier otra posición republicana. Cabe pues preguntarse qué
interés suscitaba este enclave para el bando republicano.
Para entender el interés de unos y otros por hacerse con el
Santuario hay que tener en cuenta que el desenlace obtenido en el
Alcázar de Toledo y el uso propagandístico que de él hizo el
Ejército sublevado fue motivo más que suficiente para tratar de
contrarrestarlo con la toma definitiva de la posición del
Santuario. A esto habría que añadir, la difusión que estaba
tomando la odisea vivida entre aquellos riscos en la prensa
nacional e internacional, por lo que la finalización del mismo
podía ser explotada como propaganda. Desde este punto de vista,
quiero llamar la atención sobre las palabras del historiador
británico Hugh Thomas que afirmó que “más aún que las defensas del
Alcázar y de Oviedo, que terminaron felizmente, [el asedio al
Santuario] había ganado la admiración de los españoles de todos
los bandos”.
A esto habría que añadir que en este mes de marzo, el Ejército
republicano había cosechado una importante victoria militar en
Guadalajara frente a las tropas italianas que trataban de hacerse
con la ciudad. Este hecho sirvió para insuflar ánimo a sus
combatientes que hasta este momento de la guerra sólo habían visto
retroceder sus posiciones.
Dentro de este ambiente de optimismo, el Ejército republicano
deseaba sumar esta nueva conquista que, más que por su valor
estratégico, se convertiría en símbolo de la eficacia de la nueva
organización militar que se había producido en los primeros meses
del año con la creación primero de las Brigadas Mixtas y más tarde
de las Divisiones, y con el nombramiento del coronel Gaspar
Morales como jefe del Ejército de Andalucía.
Será a partir del mes de marzo cuando comienza a estudiarse entre
los mandos republicanos la idea de terminar definitivamente con el
Santuario, reforzando aún más el cerco tanto con nuevas piezas de
artillería como de personal combatiente, apuntándose por primera
vez la idea de trasladar una unidad de tanques. El día 24 se le
comunicó al teniente coronel Gazzolo que “el Ministro encarga con
particular interés que se liquide el asunto de Santa María de la
Cabeza”. Como primera medida se reforzará el uso del denominado
“altavoz del frente” con el fin de desmoralizar a la castigada
población asediada. Ante él hablarían a los sitiados
corresponsales extranjeros, poetas, artistas, comisarios
políticos, evadidos y presos pidiendo la rendición de la posición.
Una de las primeras consecuencias del funcionamiento del altavoz
fue la deserción de cuatro guardias y un paisano de Lugar Nuevo
con la intención de pasarse al bando nacional, aunque con tan mala
fortuna que fueron apresados. Sus declaraciones mostraron al
Ejército contrario la desmoralización que existía en el campamento
del palacio. Conocido el desánimo de esta tropa, el capitán Cortés
reforzó dicha posición con el envío de 14 guardias civiles del
Santuario con el fin de elevar la moral de los combatientes.
El envío de nuevos efectivos republicanos comenzó a sentirse desde
los primeros días del mes de abril. Aumentando considerablemente
hasta la definitiva toma de la posición el 1 de mayo.
Es difícil calcular el número de milicianos destinados a la toma
del Santuario en este último mes de enfrentamientos. Las cifras
varían según las fuentes que se utilicen y que van desde los 6.000
hombres propuestos por Antonio Cordón, hasta los 12.000 que
plantean algunos escritores de la postguerra. Buscando un
equilibrio entre las mismas, la mayoría de los autores proponen
entre 8.000 y 10.000 soldados, cifras más que desproporcionadas
para la población asediada.
Asimismo los sitiadores se reforzaron con una Compañía de tanques
compuesta de 10 ó 12 carros y que fueron los protagonistas de la
última jornada de asedio. Se trataba del carro de infantería T-26
B que tan buenos resultados había cosechado en las batallas de
Seseña y Guadalajara. De fabricación rusa, el T-26 B contaba con
un cañón de 45 mm., el más versátil de aquellos momentos, y una
ametralladora coaxial.
El día 17 de abril arreciaron los ataques, comenzando a bombardear
de forma continua incluso por la noche. Ese día, se contaron 37
muertos entre los sitiados. Pero será dos días más tarde, el 19 de
abril, cuando los tanques comiencen su actividad. El ataque de ese
día se inició a las dos de la madrugada con fuego intenso. A las 7
de la mañana ya eran 16 las víctimas mortales entre los
defensores. Con la primera luz del día los tanques comenzaron su
marcha. Primero ocupan los muros de tres casas, para encaminar su
rumbo hacia la calzada de ascenso. La intervención de la aviación
nacional y el valor de los defensores, frustraron el despliegue de
los carros, inutilizando dos de los seis que participaron en la
operación.
A pesar del optimismo que el enfrentamiento de esta jornada dio a
ambos bandos, la situación de los defensores era insostenible. El
aumento de los ataques y la reducción del cerco hacían
inaguantable por muchos días aquella situación. Así lo entendió el
general Franco que a estas alturas de abril contactó con la Cruz
Roja Internacional para que intercediera en la evacuación de las
mujeres y los niños del Santuario, y garantizara sus vidas. Así se
lo trasladó Queipo de Llano a Cortés. Ante los titubeos de éste,
el general insiste y ordena el cumplimiento de la orden de
evacuación, apuntando la idea de que una vez realizada, podrían
aprovechar la oscuridad nocturna para intentar alcanzar las líneas
nacionales.
A las 9 de la noche, se anunció por el altavoz la llegada de los
representantes de la Cruz Roja. Los mandos republicanos no dieron
permiso para que fueran hasta el Santuario, por lo que pidieron
por el altavoz que una delegación de sitiados se reunieran con
ellos. Entre las condiciones pactadas se encontraba que los
evacuados salieran hacia zona nacional en grupos de 40, no
saliendo otro convoy hasta que el anterior hubiera llegado a su
destino y comunicado por heliógrafo desde Porcuna.
Estas condiciones no fueron aceptadas por el teniente coronel
Cordón, exigiendo que los evacuados fueran llevados a zona
republicana. El gobierno de Valencia fue aún más radical, pues el
ministro Largo Caballero ordenó que no se admitiera ninguna
evacuación si no iba precedida de la rendición incondicional de
los combatientes, dejando expresada su intención de sancionar al
coronel Morales si no cumplía la orden.
El 25 de abril Cortés envió a dos parlamentarios a entrevistarse
con los delegados de Cruz Roja. Al no aceptar las condiciones
establecidas, quedaron rotas las negociaciones. Como último
recurso, el general Franco contactó de nuevo con la Cruz Roja para
evacuar a las mujeres y niños del Santuario. Estos permanecerían
agrupados hasta que se concertara un canje de prisioneros con el
gobierno de Valencia. Pero este último intento no llegó a
realizarse, por lo que la población del Santuario se preparó para
el ataque definitivo.
A las cuatro y media de la madrugada del 1º de mayo, se inició el
fuego de artillería sobre la posición. Hacia las seis comenzaron a
movilizarse los tanques. El plan, expuesto por el teniente coronel
Cordón, consistía, según sus palabras, en “un ataque frontal
realizado por la casi totalidad de las fuerzas y medios con que
podamos contar, y un ataque auxiliar demostrativo para fijar
alguna fuerza a los sitiados”. De este modo, parte de los
efectivos se destinaron a atacar las secciones I, III y V con el
fin de fijar los combatientes que había en ellas, mientras que los
tanques avanzaron hasta la explanada donde se iniciaba la calzada
para batir por la retaguardia la sección II y IV.
La noticia de la caída de la sección IV tras un duro
enfrentamiento llegó al capitán Cortes mientras, fusil en mano,
defendía los muros del destruido Santuario. Él como nadie sabía
que la pérdida de esta posición era la antesala de la caída de
todo el campamento, por lo que a partir de conocer esta noticia,
adoptó una actitud desafiante ante el peligro, exponiéndose
sobremanera al fuego enemigo. Parecía con su comportamiento que
había decidido morir entre aquellos riscos. Y así prácticamente
sucedió. En las primeras horas de la tarde, fue alcanzado por la
metralla de una granada de artillería que lo herirá gravemente en
el vientre. No satisfecho con ello, pedirá agua insistentemente a
sus acompañantes para acelerar su muerte mientras las tropas
republicanas tomaban las posiciones del recinto.

Una vez concentrados en la lonja
del Santuario los combatientes, se procedió a la evacuación de
todo el personal: las mujeres y los niños se mandaron concentrar
en la explanada al pie del cerro, mientras que los combatientes
fueron conducidos a la casa de peones camineros. Mientras que
esperaban la evacuación, el alférez Carbonell contó los hombres
ilesos: 42 combatientes.
A lo largo de la carretera se fueron situando las camillas de los
heridos, para ser examinados por los médicos que establecían el
orden de evacuación según su gravedad. En la primera ambulancia
que se improvisó, se trasladó al capitán Cortés, dos milicianos y
la hija del brigada Jiménez que llegó cadáver al hospital de
sangre establecido en las Viñas de Peñallana. La ambulancia llegó
a su destino hacia las 8 de la tarde, siendo interrogado el
capitán y sometido durante la noche a una operación quirúrgica por
el doctor Santos Laguna. Al día siguiente, 2 de mayo, poco después
del mediodía, moría el capitán como consecuencia de sus heridas.
El resto de combatientes fueron conducidos al antiguo cuartel de
la Guardia Civil en Andújar, hoy casa de la cultura primero, para
trasladarlos al día siguiente hasta el presidio de San Miguel de
los Reyes en Valencia, donde permanecieron buena parte de ellos
hasta su liberación el 29 de marzo del 39 por las fuerzas del
general Aranda.
La población civil, fue llevada hasta el Viso del Marqués en donde
quedó alojada en un primer momento en el palacio del marqués de
Santa Cruz y, pocos días después, entre las familias de esta
población.
Subir |